Arquitectura del espanto
(Asalto al cielo & Colmillo blanco, 1988) de Domingo de Ramos (Ica, 1960),
primer poemario del poeta peruano y el primer registro de lo que desarrollaría
en todo su corpus poético: densidad de su lenguaje y la radicalidad con la que
convierte la experiencia histórica de la violencia peruana en una categoría
estética. Desde esta perspectiva, el texto reorganiza el lenguaje, la memoria y
la representación del sujeto. El poemario se contextualiza dentro del Perú de
las décadas de 1980 y 1990, un periodo caracterizado por el conflicto armado
interno entre el Estado peruano y las organizaciones subversivas,
particularmente Sendero Luminoso y el Movimiento Revolucionario Túpac Amaru. En
dicho escenario histórico, la violencia dejó de manifestarse únicamente en el
enfrentamiento militar para infiltrarse en la vida cotidiana, en el lenguaje,
en la percepción del otro y en la memoria colectiva. Precisamente allí reside
una de las mayores virtudes del libro: comprender que la guerra no solo
destruye cuerpos, sino también imaginarios, identidades y formas de nombrar el
mundo como lo describe el poema Banda Nocturna: “En el día huelo a gases lacrimógenos,
/ la multitud me absorbe en sus paltas/ pero me detengo en las claridades del
mundo para respirar…”
Considero, por otro lado,
uno de los aspectos más relevantes del poemario radica en la resignificación
del concepto de arquitectura. Tradicionalmente, la arquitectura remite al
orden, la planificación y la estabilidad; sin embargo, Domingo de Ramos
subvierte completamente esa tradición semántica. La arquitectura ya no
representa la construcción de espacios destinados a la convivencia humana, sino
la configuración de un paisaje donde el miedo, la exclusión y la muerte
organizan las relaciones sociales. El espanto no aparece como un accidente de
la historia; antes bien, constituye el principio organizador de una realidad
fracturada. En este sentido, el título adquiere un profundo valor metafórico:
el terror posee cimientos, columnas, corredores y habitaciones; es decir,
dispone de una estructura capaz de sostener el funcionamiento cotidiano de la
sociedad.
Asimismo, el poemario
construye una estética de la periferia, a diferencia de buena parte de la
tradición poética peruana —centrada históricamente en una sensibilidad urbana
vinculada a los espacios culturales de la ciudad letrada—, Domingo de Ramos
sitúa la enunciación en los márgenes sociales: los barrios populares, las
calles deterioradas, los asentamientos humanos y las zonas periféricas dejan de
ser simples escenarios para convertirse en auténticos protagonistas del
discurso. La ciudad aparece despojada de cualquier ideal moderno; ya no
representa progreso, sino exclusión. El espacio urbano funciona como una
prolongación del cuerpo social herido: “Aquel barrio oscuro de las fábricas/ de
donde salen rostros ahumados/ rumbo a las casas destartaladas por el viento…”
En consecuencia, el
sujeto poético parece incorporar múltiples memorias: la del migrante, la del
sobreviviente, la del desplazado, la del testigo silencioso y la del ciudadano
que contempla el derrumbe de todas las certezas. De este modo, la
individualidad pierde importancia frente a una subjetividad construida desde el
trauma colectivo. Otro aspecto fundamental del poemario es la manera en que
representa el cuerpo. En Arquitectura del espanto, el cuerpo deja de ser
únicamente un espacio biológico; se convierte en un territorio político. Sobre
él se inscriben las marcas de la violencia, la pobreza, la exclusión y el miedo.
El cuerpo aparece constantemente vulnerado; sin embargo, también constituye el
último lugar desde donde todavía es posible ejercer algún tipo de resistencia
simbólica. La escritura convierte esas corporalidades heridas en archivos de
una memoria que el poder pretende borrar.
Desde una perspectiva
intertextual, el poemario dialoga con diversas tradiciones literarias
latinoamericanas, es posible advertir resonancias del neovanguardismo peruano,
de la poesía conversacional y de ciertas estrategias expresionistas; sin
embargo, dichas influencias son reelaboradas desde una sensibilidad propia.
También pueden establecerse afinidades con la poesía de Enrique Verástegui, Jorge
Pimentel y Juan Ramírez Ruíz, aunque Domingo de Ramos desarrolla una voz
singular que incorpora el habla popular, el registro urbano y la memoria de la
violencia política dentro de un mismo espacio poético.
En términos ideológicos,
el libro propone una crítica implícita a los discursos oficiales sobre la nación.
Frente a las narrativas estatales que privilegian una visión homogénea del
país, Arquitectura del espanto revela la existencia de múltiples Perúes;
algunos de ellos históricamente invisibilizados. La periferia urbana aparece
como el lugar donde confluyen las contradicciones económicas, culturales y
políticas del proyecto moderno peruano. En consecuencia, la poesía se convierte
en una forma de intervención crítica sobre la historia nacional.
La memoria ocupa
igualmente un lugar central dentro del poemario: no se trata de una memoria
lineal ni reconciliadora, es una memoria quebrada, conflictiva y fragmentaria.
Recordar significa enfrentarse continuamente con aquello que permanece
irresuelto. El pasado nunca desaparece completamente; retorna bajo la forma de
imágenes dispersas, silencios, ruinas y cuerpos ausentes. La escritura
funciona, entonces, como un espacio donde esas memorias pueden adquirir una
nueva configuración simbólica sin perder la intensidad de su dimensión
traumática.
En síntesis, Arquitectura
del espanto representa una profunda reflexión acerca de la capacidad del
lenguaje para enfrentarse a aquello que parece resistirse a toda
representación. El devenir musical la resignificación del espacio urbano, la
construcción de una subjetividad colectiva, la centralidad del cuerpo como
archivo político y la crítica a las narrativas oficiales convierten este
poemario en una de las obras fundamentales para comprender la relación entre
poesía e historia en el Perú contemporáneo, pero también de haber demostrado
que la poesía puede convertirse en un dispositivo crítico de la memoria. Allí
donde el discurso histórico encuentra límites para representar el trauma, el
lenguaje poético produce nuevas formas de conocimiento. Arquitectura del
espanto, por ello, no ofrece respuestas definitivas ni propone
reconciliaciones simplificadoras, obliga al lector a recorrer un territorio
donde la belleza y el horror coexisten, donde la palabra se enfrenta
continuamente al silencio y donde la escritura, lejos de clausurar el pasado,
mantiene abierta la interrogación sobre las heridas todavía presentes en la
sociedad peruana.
Puntuación: Muy
bueno
Presentación:
Muy bueno
Género:
Poesía
Leído:
1 de julio de 2026
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