lunes, 27 de julio de 2026

Arquitectura del espanto

 


Arquitectura del espanto (Asalto al cielo & Colmillo blanco, 1988) de Domingo de Ramos (Ica, 1960), primer poemario del poeta peruano y el primer registro de lo que desarrollaría en todo su corpus poético: densidad de su lenguaje y la radicalidad con la que convierte la experiencia histórica de la violencia peruana en una categoría estética. Desde esta perspectiva, el texto reorganiza el lenguaje, la memoria y la representación del sujeto. El poemario se contextualiza dentro del Perú de las décadas de 1980 y 1990, un periodo caracterizado por el conflicto armado interno entre el Estado peruano y las organizaciones subversivas, particularmente Sendero Luminoso y el Movimiento Revolucionario Túpac Amaru. En dicho escenario histórico, la violencia dejó de manifestarse únicamente en el enfrentamiento militar para infiltrarse en la vida cotidiana, en el lenguaje, en la percepción del otro y en la memoria colectiva. Precisamente allí reside una de las mayores virtudes del libro: comprender que la guerra no solo destruye cuerpos, sino también imaginarios, identidades y formas de nombrar el mundo como lo describe el poema Banda Nocturna: “En el día huelo a gases lacrimógenos, / la multitud me absorbe en sus paltas/ pero me detengo en las claridades del mundo para respirar…”

Considero, por otro lado, uno de los aspectos más relevantes del poemario radica en la resignificación del concepto de arquitectura. Tradicionalmente, la arquitectura remite al orden, la planificación y la estabilidad; sin embargo, Domingo de Ramos subvierte completamente esa tradición semántica. La arquitectura ya no representa la construcción de espacios destinados a la convivencia humana, sino la configuración de un paisaje donde el miedo, la exclusión y la muerte organizan las relaciones sociales. El espanto no aparece como un accidente de la historia; antes bien, constituye el principio organizador de una realidad fracturada. En este sentido, el título adquiere un profundo valor metafórico: el terror posee cimientos, columnas, corredores y habitaciones; es decir, dispone de una estructura capaz de sostener el funcionamiento cotidiano de la sociedad.

Asimismo, el poemario construye una estética de la periferia, a diferencia de buena parte de la tradición poética peruana —centrada históricamente en una sensibilidad urbana vinculada a los espacios culturales de la ciudad letrada—, Domingo de Ramos sitúa la enunciación en los márgenes sociales: los barrios populares, las calles deterioradas, los asentamientos humanos y las zonas periféricas dejan de ser simples escenarios para convertirse en auténticos protagonistas del discurso. La ciudad aparece despojada de cualquier ideal moderno; ya no representa progreso, sino exclusión. El espacio urbano funciona como una prolongación del cuerpo social herido: “Aquel barrio oscuro de las fábricas/ de donde salen rostros ahumados/ rumbo a las casas destartaladas por el viento…”

En consecuencia, el sujeto poético parece incorporar múltiples memorias: la del migrante, la del sobreviviente, la del desplazado, la del testigo silencioso y la del ciudadano que contempla el derrumbe de todas las certezas. De este modo, la individualidad pierde importancia frente a una subjetividad construida desde el trauma colectivo. Otro aspecto fundamental del poemario es la manera en que representa el cuerpo. En Arquitectura del espanto, el cuerpo deja de ser únicamente un espacio biológico; se convierte en un territorio político. Sobre él se inscriben las marcas de la violencia, la pobreza, la exclusión y el miedo. El cuerpo aparece constantemente vulnerado; sin embargo, también constituye el último lugar desde donde todavía es posible ejercer algún tipo de resistencia simbólica. La escritura convierte esas corporalidades heridas en archivos de una memoria que el poder pretende borrar.

Desde una perspectiva intertextual, el poemario dialoga con diversas tradiciones literarias latinoamericanas, es posible advertir resonancias del neovanguardismo peruano, de la poesía conversacional y de ciertas estrategias expresionistas; sin embargo, dichas influencias son reelaboradas desde una sensibilidad propia. También pueden establecerse afinidades con la poesía de Enrique Verástegui, Jorge Pimentel y Juan Ramírez Ruíz, aunque Domingo de Ramos desarrolla una voz singular que incorpora el habla popular, el registro urbano y la memoria de la violencia política dentro de un mismo espacio poético.

En términos ideológicos, el libro propone una crítica implícita a los discursos oficiales sobre la nación. Frente a las narrativas estatales que privilegian una visión homogénea del país, Arquitectura del espanto revela la existencia de múltiples Perúes; algunos de ellos históricamente invisibilizados. La periferia urbana aparece como el lugar donde confluyen las contradicciones económicas, culturales y políticas del proyecto moderno peruano. En consecuencia, la poesía se convierte en una forma de intervención crítica sobre la historia nacional.

La memoria ocupa igualmente un lugar central dentro del poemario: no se trata de una memoria lineal ni reconciliadora, es una memoria quebrada, conflictiva y fragmentaria. Recordar significa enfrentarse continuamente con aquello que permanece irresuelto. El pasado nunca desaparece completamente; retorna bajo la forma de imágenes dispersas, silencios, ruinas y cuerpos ausentes. La escritura funciona, entonces, como un espacio donde esas memorias pueden adquirir una nueva configuración simbólica sin perder la intensidad de su dimensión traumática.

En síntesis, Arquitectura del espanto representa una profunda reflexión acerca de la capacidad del lenguaje para enfrentarse a aquello que parece resistirse a toda representación. El devenir musical la resignificación del espacio urbano, la construcción de una subjetividad colectiva, la centralidad del cuerpo como archivo político y la crítica a las narrativas oficiales convierten este poemario en una de las obras fundamentales para comprender la relación entre poesía e historia en el Perú contemporáneo, pero también de haber demostrado que la poesía puede convertirse en un dispositivo crítico de la memoria. Allí donde el discurso histórico encuentra límites para representar el trauma, el lenguaje poético produce nuevas formas de conocimiento. Arquitectura del espanto, por ello, no ofrece respuestas definitivas ni propone reconciliaciones simplificadoras, obliga al lector a recorrer un territorio donde la belleza y el horror coexisten, donde la palabra se enfrenta continuamente al silencio y donde la escritura, lejos de clausurar el pasado, mantiene abierta la interrogación sobre las heridas todavía presentes en la sociedad peruana.

Puntuación: Muy bueno

Presentación: Muy bueno

Género: Poesía

Leído: 1 de julio de 2026 

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