martes, 10 de marzo de 2026

Mate de cedrón

 

Mate de cedrón (Ediciones Picaflor, 1974) de Vladimir Herrera (Lampa, 1950) se inscribe dentro de una tradición lírica que privilegia la intimidad de la experiencia cotidiana como espacio de revelación poética; en este sentido, el libro no se limita a construir imágenes domésticas, sino que transforma los objetos simples —el mate, la hierba, la conversación silenciosa— en núcleos simbólicos de memoria, identidad y contemplación: “Y la luna Ojo de Pez/ Caída en una suerte de hojas/ y Yerba seca/ Al lado opuesto de los Crisantemos/ Era lo que escribimos/ y vimos/ Ayer.

En primer lugar, resulta pertinente señalar que la poética de Herrera se articula a partir de una estética de la sencillez aparente; sin embargo, dicha sencillez no implica pobreza expresiva, sino un proceso deliberado de depuración del lenguaje. El poeta trabaja con un registro coloquial cuidadosamente elaborado: frases breves, pausas meditativas, silencios significativos (en la primera parte del libro). Así, el lenguaje cotidiano adquiere una densidad reflexiva; cada palabra parece colocada con precisión, como si el poema fuese una infusión lenta —una metáfora que dialoga directamente con el título del libro: “Bajo este cielo cada una de mis sombras tejió su propia memoria…”

Por otra parte, el poemario propone una relación íntima entre naturaleza y memoria; el cedrón —planta tradicionalmente asociada a la calma, al hogar y a los rituales cotidianos— funciona como símbolo de una temporalidad pausada. No se trata únicamente de una planta aromática: es, más bien, un signo cultural. En varios poemas, el acto de preparar o beber el mate se convierte en un gesto meditativo; el tiempo se suspende, la voz poética observa, recuerda, reconstruye escenas de la vida familiar o de la infancia. De este modo, el libro plantea una poética de la contemplación: la vida no se narra de manera grandilocuente, sino a través de instantes mínimos: “Yo me alimenté de los viajes de los seres que me iban dejando…”

Asimismo, es posible advertir en Mate de cedrón una tensión entre lo íntimo y lo colectivo (la segunda parte); aunque la voz lírica se sitúa en el ámbito personal —la casa, la cocina, el patio, la tarde—, dichos espacios funcionan como metáforas de una memoria cultural más amplia y hace recordar su lugar de origen insistentemente: “Porque es nuestro el exilio/ No el reino”. El hogar aparece como un territorio simbólico donde convergen generaciones, costumbres, afectos. En ese sentido, el poemario dialoga con una tradición latinoamericana que encuentra en la cotidianidad una forma de resistencia frente al olvido; la poesía se convierte, entonces, en una práctica de preservación de la memoria.

Finalmente, considero, Mate de cedrón, puede leerse como una meditación sobre el tiempo y la fragilidad de la experiencia humana. El poeta observa los gestos simples de la vida diaria —preparar una bebida, mirar el patio, escuchar el silencio de la casa— y descubre en ellos una forma de permanencia. La poesía, en este contexto, cumple una función fundamental: detener el instante; convertir lo efímero en memoria escrita. Así, el libro de Herrera propone una ética de la atención: mirar lo pequeño, escuchar lo cotidiano, reconocer en los detalles más simples una forma profunda de sentido. Por ello, en síntesis, el poemario se sostiene sobre tres ejes fundamentales: la cotidianidad como materia poética; la memoria como espacio de reconstrucción afectiva; y la contemplación como actitud estética así está se vea desbordada por una poética coloquial en la segunda parte y que esté en contexto con su tiempo. A través de un lenguaje sobrio, pero también coloquial, reflexivo, pero también directo y cargado de resonancias simbólicas, Vladimir Herrera construye una poesía que reivindica la calma, la introspección y el valor de los gestos mínimos, pero también el caos de su tiempo. De esta manera, Mate de cedrón se configura como un libro donde la sencillez se transforma en profundidad; donde la vida diaria —aparentemente insignificante— revela su dimensión más humana y trascendente.  

Puntuación: Muy bueno

Presentación: Bueno

Género: Poesía

Leído: 9 de enero del 2026


Joven de noche


Joven de noche (Siempre siembra, 2026) de Sergio Gómez Reátegui (Lima, 1975) podemos considerarla marginal o “underground” por su singularidad estética y su capacidad para representar la experiencia urbana (el motivo de sus cincuenta años de su natalicio) y existencial del individuo moderno (encarnada en su yo): “A mi edad, un hombre/es solo una comadreja que muerde/ si lo acorralan”.

Uno de los rasgos más reconocibles de la poesía de Gómez es su representación directa de la vida cotidiana en los márgenes de la sociedad. Sus poemas describen con frecuencia ambientes urbanos degradados —bares, espacios marginales, o calles nocturnas— y retratan personajes secundarios (siendo su yo/protagonista) vinculados a la precariedad económica, el alcoholismo o la soledad: “En la polvareda de mi calle, / se escribe con la realidad de una navaja/ apretándonos el cuello”. De lo citado puedo señalar que esta estética constituye una forma de realismo radical que confronta al lector con las dimensiones más incómodas de la experiencia social. Entonces, el poemario de Gómez “expone el lado más áspero del vivir y de la clase trabajadora”, mostrando pobreza, frustración y alienación como elementos centrales de su universo poético. Asimismo, se relaciona este enfoque con la tradición literaria de lo grotesco: Gómez utiliza imágenes ásperas, incluso desagradables, para evidenciar las contradicciones de la sociedad contemporánea y revelar su trasfondo moral y social: “Nada importa, si todo sucede de noche:/ si nos revolcamos en el fango de las hojas/ o nos hundimos en la tragedia…” En este sentido, su poesía funciona como una forma de crítica cultural que pone en escena aquello que la literatura más institucionalizada suele evitar.

La poesía de Gómez se caracteriza también por una fuerte dimensión autobiográfica. El hablante lírico suele identificarse con una figura que comparte rasgos biográficos con el propio autor: un hombre solitario, irónico, frecuentemente desencantado con las instituciones sociales: “Desde 1975 ocupo un espacio prestado/. En resumidas cuentas, en mi cuerpo otoñal/ habitan más cicatrices que amores”. Esta construcción del “yo” se observa que el autor desarrolla una especie de personaje literario permanente. Dicho personaje aparece reiteradamente en los poemas; sin embargo, no debe confundirse completamente con la persona real del escritor, aunque en la lectura se insista que “se deba hacer”: “Esto es lo que soy: unas simples palabras, / que mis pocos lectores olvidarán/ al cerrar este libro”. Desde un punto de vista teórico, esta estrategia puede entenderse como una forma de autoficción poética: el autor utiliza elementos de su propia vida, pero los transforma en una voz literaria reconocible.

Finalmente, un rasgo constante en la poesía Gómez es el tono desencantado frente a las promesas de la sociedad moderna encarnado en el amor esquivo: “Me enamoré muchas veces de la misma mujer. / Cada rostro es el rostro vivo de los siguientes”. Sus poemas suelen abordar temas (a parte de lo señalado) como el fracaso, la rutina laboral, la soledad o la decadencia física: “Me acerco a los cincuenta/ con el cuerpo mustio, / la sonrisa desdentada, / los bolsillos en completo subdesarrollo”. Sin embargo, estos temas no se presentan con solemnidad trágica; aparecen acompañados de ironía, humor negro y una mirada profundamente escéptica. Esta combinación produce un efecto particular: el poema oscila entre la desesperanza y la lucidez. El lector se enfrenta a una visión del mundo que no pretende idealizar la realidad; más bien la expone con brutal honestidad.

En conclusión, la poesía de Sergio Gómez posee una identidad estética claramente reconocible. Sus características principales pueden sintetizarse de la siguiente manera: lenguaje coloquial y anti-retórico; representación de la marginalidad social; construcción de un yo poético autobiográfico; tono desencantado y crítico frente a la modernidad; y una fuerte relación con tradiciones literarias contraculturales. —Desde una perspectiva académica— estos elementos explican por qué la obra del poeta en mención se suscribirá en una literatura de la marginal fundada en la experiencia cotidiana, en sus aspectos más crudos, y así convertirse en materia de reflexión estética y filosófica de la poesía peruana contemporánea.

Puntuación: Bueno

Presentación: Bueno

Género: Poesía

Leído: 4 de marzo del 2026

Las razones de los efectos

 

Las razones de los efectos (Gonzalo Pastor Editor, 2000) de Carlos Carnero (Lima, 1969) es el primer poemario del librero y poeta que plantea una idea central en el presente texto: encontrar la belleza contenida en el pensamiento racional. Como afirma el poeta mayor Verástegui, la poesía de Carnero “se fundamenta en la lógica, pero también el campo semántico que se enriquece con las reflexiones… en forma de aforismos, deuda de Pascal”: “La Soledad existe, La Belleza existe/ en cambio El Amor/son las razones del Amor”.

Lo importante del poemario es la condensación de la idea en un verso potente que le otorga ese giro inesperado y sofisticado. Además de un nihilismo opaco insistente en los versos: “A veces mi fe no es cierta/ no existe/ no la creo”.

Puntuación: Bueno

Presentación: Bueno

Género: Poesía

Leído: 7 de marzo del 2026


lunes, 9 de marzo de 2026

Perro negro, 31 poemas

 


Perro negro, 31 poemas (Ediciones Arybalo, agosto, 1978) de Mario Montalbetti (Lima, 1953) es el primer texto publicado por el lingüística y constituye una obra que se insinúa establecerse en el limbo de la reflexión lingüística, la experiencia subjetiva y la exploración existencial del lenguaje, características que se irán desarrollando en sus libros posteriores. Por ello, en este libro, el autor despliega una escritura que no se limita a expresar emociones o imágenes líricas tradicionales, aunque se aparenta con la tradición inglesa imperante en los años setenta. Podemos mencionar, también, que propone una indagación crítica sobre el modo en que el lenguaje estructura la realidad y, al mismo tiempo, evidencia sus propios límites.

El título del poemario —Perro negro— sugiere desde el inicio una carga simbólica significativa. La figura del perro negro puede interpretarse como una metáfora de la sombra, del malestar o de la presencia constante de aquello que acompaña al sujeto en su experiencia cotidiana. Sin embargo, en la poesía de Montalbetti esta imagen no se presenta de manera puramente narrativa; más bien funciona como un dispositivo conceptual que activa la reflexión del lector. El perro negro no es únicamente un personaje o símbolo; es también una forma de problematizar la relación entre el pensamiento y su expresión verbal.

Un rasgo fundamental del libro es la tensión entre claridad y opacidad. En algunos momentos, el lenguaje parece aproximarse a una afirmación directa; en otros, se vuelve deliberadamente ambiguo o enigmático: “No hay más silencio que el oscuro/ silencio de mi memoria” (pág. 26). Esta oscilación produce un efecto crítico: el lector advierte que el significado nunca se encuentra plenamente fijado. Así, el poemario plantea una pregunta central: ¿hasta qué punto el lenguaje puede capturar la experiencia? La respuesta que sugiere Montalbetti es compleja —y, en cierto sentido, inquietante—; el lenguaje permite pensar el mundo, pero al mismo tiempo revela su insuficiencia.

En conclusión, Perro negro, 31 poemas puede leerse como deudora de una tradición inglesa de los años setenta; por ello, es difícil afirmar que es una exploración crítica del lenguaje y de sus posibilidades expresivas presente en sus posteriores poemarios, como tampoco afirmar que se denota una escritura fragmentaria, reflexiva y conceptualmente densa (presente, por ejemplo, en su poemario Cajas). Mario Montalbetti no construye un poemario que desafía las expectativas tradicionales del género sino trata de establecerse en un discurso imperante en la tradición de esos años para, luego, desarrollar un estilo y una visión del mundo particular.

Puntuación: Regular

Presentación: Bueno

Género: Poesía

Leído: 24 de enero del 2026

jueves, 5 de febrero de 2026

E Unibus Pluram

 

E unibus pluram de David Foster Wallace (Estados Unidos 1962 -2008) se inscribe en una reflexión crítica sobre la cultura mediática contemporánea y su influencia decisiva en la literatura posmoderna; más que un texto meramente teórico, se trata de un diagnóstico cultural que combina análisis estético, observación sociológica y autoconciencia autoral. Wallace parte de una premisa central: la televisión, lejos de ser un simple medio de entretenimiento, ha moldeado de manera profunda las formas de percepción, ironía y narratividad en la ficción norteamericana de finales del siglo XX.

Uno de los ejes fundamentales del ensayo es la crítica a la ironía posmoderna. Wallace sostiene que la ironía —originalmente un instrumento subversivo y liberador— ha sido absorbida por la televisión como un recurso estandarizado; en consecuencia, ha perdido su capacidad crítica. La televisión, afirma el autor, se caracteriza por una lógica autorreferencial: se burla de sí misma, anticipa la crítica y la neutraliza. Este mecanismo genera una cultura de espectadores cínicos, acostumbrados a la distancia emocional y a la risa defensiva. La ficción literaria que adopta esta misma ironía corre el riesgo de reproducir el mismo vacío moral que pretende denunciar.

El ensayo articula, además, una tensión constante entre comunidad e individualismo. El título mismo —E Unibus Pluram, inversión irónica del lema estadounidense E Pluribus Unum— señala una paradoja cultural: de lo uno surgen muchos, es decir, de un aparato televisivo aparentemente unificador emerge una fragmentación extrema de experiencias, identidades y sensibilidades. Wallace analiza cómo la televisión simula intimidad y cercanía —miradas a cámara, risas enlatadas, guiños cómplices—, pero en realidad refuerza una experiencia solitaria y pasiva del consumo cultural. Esta falsa comunidad se convierte en un obstáculo para una literatura que aspire a generar vínculos éticos reales entre autor, texto y lector.

Desde el punto de vista estilístico y argumentativo, el ensayo refleja rasgos característicos de la escritura de Wallace: digresiones extensas, notas explicativas implícitas, acumulación de ejemplos y un tono que oscila entre lo académico y lo confesional. Este estilo no es accesorio; funciona como una puesta en práctica del problema que el propio texto analiza. El autor escribe desde dentro del sistema que critica —como consumidor de televisión y heredero del posmodernismo—, lo que le permite una lucidez autocrítica poco común. El guion largo aparece como un recurso para abrir incisos reflexivos; los puntos y comas organizan cadenas argumentativas complejas; los dos puntos introducen definiciones y giros conceptuales que buscan precisión más que contundencia retórica.

En la parte final del ensayo, Wallace propone —con cautela— la necesidad de una nueva sinceridad en la ficción estadounidense. No se trata de un retorno ingenuo al realismo tradicional, sino de una escritura que asuma el riesgo de la emoción, la vulnerabilidad y el compromiso moral; una literatura capaz de incomodar sin refugiarse en el cinismo. Esta propuesta no se presenta como un programa cerrado, sino como una inquietud ética abierta, dirigida tanto a los escritores como a los lectores.

En síntesis, E Unibus Pluram es un texto clave para comprender la relación entre medios, cultura y literatura contemporánea. Su valor crítico reside en señalar que la hegemonía televisiva no solo transforma los contenidos, sino también las formas de sensibilidad y de escritura; y que, frente a ello, la ficción tiene el desafío —y la responsabilidad— de inventar nuevas maneras de decir la verdad en un contexto saturado de imágenes, ironía y simulación.

Presentación: Buena

Puntuación: Buena

Género: Ensayos

Leído: 29 de enero del 2026


La invención de la soledad

 

La invención de la soledad (Anagrama, 2007) de Paul Auster (Newark, Nueva Jersey, 3 de febrero de 1947- 30 de abril de 2024, Brooklyn, Nueva York, Estados Unidos) es una obra fronteriza entre el ensayo autobiográfico y la meditación filosófica; no se trata de una novela tradicional en sentido estricto, sino de un texto híbrido que explora la memoria, la paternidad y el lenguaje como espacios de ausencia. Desde sus primeras páginas, el escritor norteamericano propone una escritura que no busca narrar una historia cerrada, sino indagar —con una prosa contenida y reflexiva— en los vacíos que deja la muerte del padre y, con ella, la imposibilidad de un conocimiento pleno del otro.

La obra se divide en dos partes claramente diferenciadas: Retrato de un hombre invisible y El libro de la memoria. En la primera, el autor construye una figura paterna marcada por el silencio, la distancia emocional y la opacidad; el padre aparece como un sujeto que ha vivido sin dejar huellas afectivas reconocibles. Auster no intenta idealizarlo ni condenarlo; por el contrario, lo examina como un enigma, como un objeto de observación casi clínica. Este distanciamiento narrativo —que recuerda al tono del informe o del inventario— refuerza la idea central del libro: la soledad no solo como condición existencial, sino como herencia transmitida de una generación a otra.

En El libro de la memoria, el texto se desplaza hacia una reflexión más abstracta y fragmentaria; aquí, la escritura se vuelve autorreferencial y ensayística. Auster introduce recuerdos, lecturas, episodios históricos y reflexiones filosóficas que dialogan entre sí de manera no lineal. El yo narrativo se desdobla; ya no es únicamente el hijo que observa al padre, sino el padre que se observa a sí mismo en relación con su propio hijo. Este juego de espejos —yo, padre, hijo— revela una preocupación central por la identidad y por la manera en que el lenguaje intenta, sin lograrlo del todo, fijar la experiencia vivida.

Desde un punto de vista estilístico, la sobriedad es uno de los rasgos más notables del texto. La prosa de Auster evita el exceso retórico y apuesta por frases precisas, pausadas, atravesadas por silencios significativos. El uso de la fragmentación no responde a una voluntad experimental gratuita, sino a la imposibilidad de reconstruir una memoria coherente; la forma, en este sentido, reproduce el contenido. Así, el libro se presenta como una serie de aproximaciones, de intentos parciales de comprensión, más que como una afirmación definitiva.

Deseo concluir el comentario proponiendo que La invención de la soledad puede leerse como una indagación profunda sobre la ausencia y la escritura: escribir no para recordar fielmente, sino para reconocer lo irrecuperable. Auster propone que la identidad se construye tanto a partir de lo que se dice como de lo que falta —de aquello que permanece en silencio—; y es precisamente en ese espacio vacío donde el texto encuentra su mayor densidad conceptual y emocional.

Puntuación: Muy bueno

Género: Novela

Leído: 23 de enero del 2026


jueves, 8 de enero de 2026

Enoch Soames


Enoch Soames (Acantilado, 2026) de Max Beerbohm (Inglaterra, 1872 – Italia, 1956) relato emblemático publicado en español por la editorial europea, se presenta como una pieza narrativa de notable sofisticación intelectual, donde la ironía, la metaficción y la reflexión sobre la posteridad literaria se articulan con precisión formal. Bajo la apariencia de una historia fantástica —el pacto fáustico que permite al protagonista viajar al futuro—, el texto despliega una crítica sutil pero incisiva al narcisismo del escritor, a la ansiedad por el reconocimiento y a la fragilidad del canon.

En el plano temático, el relato gira en torno a la obsesión por la fama póstuma. Enoch Soames, poeta menor y prácticamente ignorado por sus contemporáneos, encarna la figura del artista que concibe la literatura como garantía de inmortalidad. La posibilidad de comprobar su lugar en la historia se convierte en su deseo central; no busca mejorar su obra ni comprender sus límites, sino verificar su permanencia. Beerbohm construye así una sátira del impulso romántico hacia la gloria literaria, mostrando cómo este anhelo se sustenta más en la vanidad que en la conciencia crítica del propio talento.

Formalmente, el relato destaca por su refinado uso de la primera persona y por la inserción del narrador como personaje —guion largo—, recurso que intensifica la dimensión metaficcional del texto. El narrador no solo cuenta la historia de Soames; se implica en ella, la observa con distancia irónica y, al mismo tiempo, se reconoce parte del mismo mundo literario que satiriza. La puntuación, cuidadosamente modulada mediante comas, puntos y comas y dos puntos, contribuye a un tono discursivo elegante, casi conversacional, que contrasta con la gravedad del destino del protagonista.

El elemento fantástico —el viaje al futuro— no funciona como evasión, sino como instrumento crítico. El futuro al que accede Soames no es un espacio de consagración, sino un archivo frío y burocrático: bibliotecas, catálogos, fichas. La literatura, reducida a registro, revela la distancia entre el deseo del autor y el funcionamiento real de la memoria cultural. La constatación de que Soames solo sobrevive como nota marginal, como curiosidad erudita, constituye el núcleo trágico del relato; la ironía, aquí, no anula la melancolía, sino que la afila.

Un aspecto particularmente relevante es la reflexión implícita sobre la autoría y el canon. Beerbohm sugiere que la posteridad no responde a criterios de justicia estética ni a la intensidad del deseo creador; responde a contingencias históricas, a mecanismos de selección opacos y, en ocasiones, arbitrarios. En este sentido, Enoch Soames anticipa debates modernos sobre la construcción del valor literario y la precariedad de la fama. El relato no ofrece consuelo: incluso el pacto con el diablo resulta insuficiente frente a la indiferencia del tiempo.

Desde una perspectiva estilística, el texto se caracteriza por una prosa de gran precisión y economía. No hay excesos descriptivos ni digresiones superfluas; cada detalle contribuye al efecto irónico global. El humor de Beerbohm es seco, elegante, profundamente intelectual; evita la burla explícita y opta por una ironía estructural que emerge del contraste entre las expectativas del protagonista y la realidad que enfrenta. Esta contención refuerza la eficacia crítica del relato.

En conclusión, Enoch Soames de Max Beerbohm es un relato breve de extraordinaria densidad conceptual. A través de una ficción fantástica cuidadosamente construida, el texto examina la vanidad del escritor, la ilusión de la inmortalidad literaria y la lógica implacable de la posteridad. Su vigencia radica en esa lucidez irónica que —lejos de envejecer— se vuelve cada vez más pertinente en un mundo obsesionado con la visibilidad y el reconocimiento. Se trata, en suma, de una obra que combina elegancia formal y profundidad crítica, y que confirma a Beerbohm como un maestro de la ironía literaria.

Puntuación: Buena

Presentación: Muy buena

Género: Relato

Leído: 8 de enero de 2026